
"Entonces, decidí convertirme en un gato. Me quité la corbata y los pantalones, después la camisa y finalmente los zapatos. Estaba desnudo delante del espejo y la imagen era espeluznante. Mi gato Tom me miraba desde su alta posición en el armario con disgusto, esa mañana se había levantado más temprano de lo habitual. Giré el cuerpo delante del espejo y una desconocida giba abultaba sobre mi espalda, estiré los brazos y, en efecto, me percaté que uno de ellos era sensiblemente más corto. Intenté relajar los hombros y repetí la misma operación, la giba no desapareció pero cambió de lugar, se ladeó como una balsa sobre aguas tranquilas..."
